Virgencita, virgencita...

Cuando deseo algo mucho pero escapa a mi control, rezo. Durante varios días he llevado en el bolsillo a la virgen de Guadalupe, patrona de Extremadura, pero debe de estar muy ocupada porque no me ha escuchado. Se la encargué a mi padre en uno de los muchos viajes que hace con su amigo Gonzalo por toda la península.

Juntos recorren España en viajes organizados por el Imserso; sí, esas hordas de jubilados que recorren las calles de las ciudades, en fechas poco vacacionales. Cáceres, Toledo, Madrid, Málaga… Ninguna ciudad se libra de ellos, porque todas tienen su encanto como cada jubilado tiene el suyo.

Quizás porque nunca parecen desviarse del grupo, etiquetamos a los jubilados viajeros como una masa que viene y va, que sube y baja del autobús, donde cada uno coge su postura y se abandona a su merecido descanso; de equipaje llevan lo esencial, ¿para qué más? Y caminan sin prisa, descubriendo plazas, santuarios y el románico rural que deslumbra, al igual que nuestros jubilados, por la ausencia de artificios y su aplastante autenticidad.

Enfocando un poco mejor, descubro que no son compradores compulsivos y saben gestionar su pensión. Pero una medallita de Guadalupe que ayude a mi hija, un poquito de aceite de Argán de Tánger para calmar su piel o un gorro de lana del Caminito del Rey que la proteja en el desfiladero de la vida, son una buena inversión. 

San Bernardino, patrón de los jubilados, cuida de todos ellos en sus viajes y también de las pensiones, que yo también quiero subirme algún día a ese autobús y recorrer España de arriba abajo; con Aitor, con mi hermana o con alguna de mis queridas amigas.

Lucky!


Lucky es una maravillosa película que rinde tributo precisamente a todo aquello que damos la espalda en vida: a la vejez, a la lentitud y a la muerte.

Harry Dean Stanton interpreta con maestría a un anciano de 91 años gruñón y malhumorado pero completamente autónomo. Con un cuerpo casi famélico y alimentado a base de leche, café, tabaco y bloody marys, los médicos no dan crédito ante este milagro de la ciencia, fruto de la buena genética.

Sentados en la butaca, acompañamos a Lucky en sus últimos días de vida nunca mejor dicho (murió en septiembre de 2017), a ritmo lento pero caminando conscientemente. Visitamos su casa, la cafetería donde rellena sopas de letras mientras toma café, cantamos con él y con los Mariachis Volver volver y se nos llenan los ojos de lágrimas.


Al anochecer, en el pub, nos gustaría estar sentados en el taburete de al lado acompañándole con un Bloody Mary. Pero el honor es para David Lynch, su amigo también en la vida real, quien en un momento de la película protagoniza una de las historias más bellas.


Como todos los días, a la misma hora, llega al pub del pueblo a tomarse su copa. Pero esta vez tiene cara de preocupación. Y es que su galápago de compañía, de nombre Roosevelt President, se ha escapado de casa. Entonces alguien le quita importancia al hecho y al animal, diciéndole que además los galápagos son torpes y lentos. Es entonces cuando Lynch saca sus garras y hace una defensa a ultranza de su querido galápago y de su lentitud respondiendo algo así como que no es lento, sino que lleva mucha carga encima. Una carga acumulada durante años, hasta lograr un grueso y pesado caparazón en el que yacerá tras su muerte.

¿No es una metáfora preciosa para decir que nacemos y morimos solos?

Nos empeñamos en vivir eternamente y para dejar constancia de nuestro paso por la tierra creamos joyas, escribimos libros, filmamos películas, tenemos hijos… que nos sobreviven y de alguna forma mantienen vivo nuestro recuerdo. ¿Y cuando todo desaparezca y no quede absolutamente nada? ¿Ungatz, como dicen en la película?

¡Buena suerte, amigos!

Querido sello


Estrella llegó a mi vida cuando tenía 21 años. Fue mi primera jefa, en mi primer trabajo remunerado, y nunca la olvidaré por esto. También me viene a veces a la memoria por su diligencia y capacidad asertiva. Bueno, y porque en sus pequeñas e inquietas manos descubrí un anillo que cumplió su función originaria: se grabó a fuego en mi memoria. Era un anillo sello y le encajaba perfectamente en el dedo anular. De oro y con una piedra ágata azul bicolor grabada con un escudo heráldico, me enamoré de su forma y la combinación de sus colores. ¿O quizás de su poderoso significado?

Esta sortija se asocia con el poder y por lo tanto, con el dinero, las altas esferas de la iglesia y el abolengo ¡toma ya! Y yo con uno entre mis dedos. He investigado en un foro de internet y he encontrado opiniones varias sobre este modelo de anillo. Las reproduzco tal cual:

“Es tipical spanish, no sé si me entendéis”
“Son personas que odian que les engañen”
“Serás muy joven, es un anillo a la altura de este objeto”


“Joder, hacía un montón que no veía esto”
“Si lo besan de vez en cuando está bien”
“jajajjajajajja la precursora de la power balance”
“Pues no había visto ese tipo de anillo nunca”
“Las pulseras omega y esa mierda de anillos poco tienen que ver”
“Esos anillos llevan grabados en la piedra azul el escudo de armas del apellido y viene de cuando se ponía el sello de armas en el lacre al mandar una carta, algo tan obsoleto como llevar hombreras en una camiseta”
“Y las pulseras omega eran la puta solución a todos tus problemas, curaban las hemorroides, el cáncer, dejabas de fumar…Todo ello según los efectos de la piedra que llevaban en sus extremos”.
“Cuando era pequeño alguno de mis profesores lo llevaba. Yo pensaba que es porque pertenecían a una secta o algo”.
“Cuántos capones me llevé yo de mi profesor de inglés”
“Toño el joputa manejaba el anillo como el gitano la vara”
“Pues será típica en tu barrio macho”
"Curiosamente las personas que conocí con ese anillo se habían puesto un diente de oro. No sé si era requisito fundamental, que el anillo lo regalaban con el diente o simple coincidencia y mal gusto”
“jajajajaja puede ser, a mí me pega más a gente del corte de Julián Muñoz, por ejemplo”.

Como veis, el anillo sello no sale muy bien parado; despierta más fobias que filias entre nuestros queridos foreros pero, ¿por qué? Más por el significado que le otorgan que por el diseño, al que yo no le veo ningún pero. El caso es que no hay opinión acerca de este anillo sin ideología a cuestas; una vez una amiga se asustó al verlo pensando que era el escudo de España. Igual que nuestros foreros lo ven y se asustan recordando los capones del profesor de inglés o al gitano que les dio el palo en plena adolescencia.





Ahora que estoy escribiendo estas líneas con el anillo puesto, lo miro y pienso: joder, es muy bonito. Ni muy grande ni pesado, ni ridículamente pequeño. Con carácter suficiente como para no necesitar llevar otro al lado ni encima, pero discreto a pesar de todo.

Es un regalo que me hizo mi madre hace años, sabiendo ella lo que mí me gustaba este tipo de sortija. Juntas buscamos el escudo heráldico de uno de mis apellidos en internet. Biain no tiene, así que siguiendo el orden alfabético descubrí que Ciganda sí. Cuando lo imprimí en papel juraría que eran dos bueyes pero ahora que tengo lupa de joyera me doy cuenta de que el grabador los confundió con dos perros. ¿Qué más da?

A mí lo que me gusta del anillo es su forma, sus colores y su significado. Como ya he dicho, me lo regaló mi madre y es así, comprándome algo que me gusta mucho, como me dice que me quiere. Y yo se lo agradezco, porque también le quiero mucho.

Agosto

Sí, agosto ya pasó pero volverá el año que viene así que nunca está demodé hablar de él. Menos aún si lo comparamos con el viernes, que vuelve cada semana y lo hace casi siempre con aire fresco y prometedor. Porque el viernes significa todo aquello que puede pasar pero nunca acaba pasando. ¿O sí? Reconozcámoslo, las expectativas se cumplen más cuanto más jóvenes somos, seguramente porque el número de puertas a las que llamar es mayor. Si un viernes cualquiera nuestro amor platónico nos daba puerta, el siguiente salíamos con aires renovados. Cinco días eran una eternidad y tiempo suficiente para resucitar como el ave fénix, volando de nuevo en cielo despejado.

En agosto pasa un poco lo mismo. Es el mes vacacional por excelencia (cada vez menos) y lo esperamos como agua de mayo aunque las tiendas inauguren el mes con las colecciones de otoño-invierno. Porque en agosto, como el viernes, aún podemos hacer todo lo que no hemos hecho lo que llevamos de verano: ir a la playa, estrenar ese vestido del que la lluvia me ha privado, vivir una nueva historia de amor…

Paradójicamente, en agosto empezamos a sentir el frío de otoño y notamos cómo el día empieza a acortar. Pestañeamos y ¡mierda! Ya es septiembre. El verano ha pasado y sigo pálida invernal. ¿Para qué depilarme?

En joyería de momento son todo ventanas por abrir. No he experimentado el portazo en los morros básicamente porque todavía no he llamado a ninguna puerta. Pero no adelantemos acontecimientos. Este agosto pasado me he hecho con unos libros de joyería maravillosos, con trabajos de orfebres a los que admiro. Están editados en inglés, así que me llevará un tiempo leerlos, pero he ojeado las fotografías y he sentido vértigo a la vez que admiración. ¡Mirad, mirad!

Anillos de Barbara Cartlidge

Anillo de Fritz Maierhofer

Pendientes de Gerda Flökinger

Vértigo porque el listón está muy alto y admiración porque cuando algo te atrapa y apasiona, las ganas de aprender y progresar son cada vez mayores. Pero no nos perdamos en tecnicismos y pongámonos a trabajar. Cada día que pasa agosto se acerca y tengo una larga lista de puertas a las que llamar.

Y tú, ¿de qué bando eres?

Me encantaba cuando mi compañero y periodista Gorka decía aquello de que en el mundo hay dos clases de personas: aquéllas que untan la tostada con mantequilla en dos segundos y sin pestañear y aquéllas que se deleitan con ello aupándolo a la categoría de arte, cubriendo cada una de las esquinas con paciencia, con la misma cantidad y espesor en los cuatro costados, con la crema fluyendo en la misma dirección….

Yo pertenezco a la segunda clase de personas y Gorka es de las primeras; ¿igual por eso a veces le sacaba de quicio? Aitor en cambio también es de los primeros y creo que no le saco de quicio porque llevamos diez años conviviendo. Es más, poco a poco se va contagiando de esa forma mía de comer, despacito, masticando tranquilamente, pero lo que es más importante: diseñando bien el bocado antes de llevármelo a la boca. Él me bautizó hace años como la DISEÑADORA DE BOCADOS. Mucho antes de que se me pasara por la cabeza diseñar y fabricar joyas..

Esta teoría extrema y excesiva de Gorka, tal y como él es al menos cuando habla de sus dos grandes pasiones, la televisión y el tenis, es aplicable a cuantas materias conocemos. Es decir, el mundo puede dividirse en dos tipos de personas en todo aquello que nos de la real gana. Cada cual puede aplicarlo a lo que le interese porque sí, porque tú y yo lo valemos.

¿No os parecen maravillosos este par de pendientes que he puesto arriba? Al ver la imagen, uno no sabe si está frente a la maqueta de un edificio en plena explosión Art Decó o si se trata de un insecto futurista o de una máquina del tiempo. Sólo su creadora, la brillante joyera británica Wendy Ramshaw tiene la respuesta en su privilegiada mente.

Efectivamente son un par de pendientes suspendidos de lo que conocemos como un ‘display’ y que Ramshaw ha diseñado y fabricado expresamente para exhibir su joya. Su intención de mimetizar los pendientes con su soporte es evidente, consiguiendo una simbiosis perfecta, pero no lo es tanto su obra final que es todo lo contrario a evidente por su singularidad. El trabajo de esta mujer me sorprende enormemente.

Llegué a ella tras descubrir la maravillosa galería de Joyería Contemporánea Electrum Gallery y a una de sus cofundadoras: la también ingeniosa joyera Bárbara Cartlidge a la que por su puesto pronto dedicaré un post. En esta galería -abierta en Londres en 1970- han expuesto los joyeros más relevantes con piezas estéticamente deliciosas e impecablemente ejecutadas, que combinan lo mejor de la orfebrería tradicional (la técnica) con, a mi entender, lo mejor de la joyería contemporánea -la idea, el diseño y los materiales-.

Volviendo al juego reduccionista del principio, me acabo de acordar de una entrevista a un músico en la que decía: “El mundo de la música se divide en dos: por un lado están aquéllos para quienes ver tocar a un genio es un impulso, una motivación y aquéllos a los que les motiva ver a músicos mediocres o peor que ellos para ponerse a crear”. De nuevo, el mundo se divide en dos. Y yo lo tengo claro después de conocer a Wendy Ramshaw. Con un poco de suerte y si llego a viejecita quizás logre subir con mi bastón de madera y oro hasta el primer peldaño de una de sus maravillosas torres-display.

Natural vs artificial

“El matrimonio y la monogamia no son naturales” Con esta joya saltaba hace meses Scarlett Johansson. Quiero pensar que es una frase sacada de contexto por un periodista malintencionado porque si no la muchacha se habría quedado calva. Al parecer se acababa de divorciar de su segundo marido.

Claro que el matrimonio no es natural. Natural es defecar, fornicar, despilfarrar…Y más verbos que contienen la letra F. Desposarse y sus correspondientes sinónimos de momento no suenan a F de fallecer, por ejemplo, que es la más natural de las EFES.

Pero yo he venido a hablar de joyería; joyería artificial, naturalmente, y del plástico en concreto y todas sus versiones que me apasionan. ¿Plástico y joyería? se preguntará alguno. Por suerte, hace tiempo que la joyería abrió sus puertas a nuevos materiales y dejó los prejuicios a un lado; esos pensamientos atávicos que defienden que una joya solo tiene apariencia de tal si brilla, pesa y lleva incorporadas piedras preciosas.

Las joyas ‘de plástico’ aparecieron a principios del siglo XX con la incursión de la baquelita y la galatita. El primer material, sintetizado en 1907 por el belga Leo Baekeland, comenzó a aplicarse en joyería con la crisis del 29. Era un material más barato y lleno de color al que enseguida sucumbieron mujeres de alto poder adquisitivo. No había oro ni diamantes que pudieran competir con aquellos divertidos brazaletes esculpidos con motivos florales y geométricos. La galatita, por otro lado, fue sintetizada en 1897 por el químico austríaco Adolph Stipteler en colaboración con el propietario de prensas de impresión de gran escala Wilhelm Krische, quien quería desarrollar una alternativa a los encerados de pizarra negra para lograr un fondo blanco que permitiese utilizar otros materiales de escritura. ¿El resultado? Un plástico que imita al marfil hecho a partir de la caseína, una proteína de la leche. Conocí este último material gracias a Ana, de PYC, una tienda de San Sebastián con un siglo de antigüedad que aún conserva un stockage de bisutería-joyería vintage que va desde los años veinte a los ochenta. Es una maravilla y no quiero extenderme porque pronto dedicaré un post a esta joya de la Calle Puerto.

Lo que para el común de los mortales son resinas acrílicas, plástico, metacrilato, nylon, baquelita… para los químicos son polímeros con sus infinitas combinaciones que toman forma sólida con diferentes propiedades mecánicas y nombres: poliamida, polietireno, cloruro de polivinilo, polipropileno, poliestireno… Explicado de una manera muy prosaica, se trata macromoléculas -en este caso artificiales- convertidas finalmente en coloridos y vistosos sólidos para nuestro gozo estético o en funcionales y prácticas piezas para optimizar recursos en diferentes sectores como el alimentario, aeronáutico, naval y un largo etcétera.

También hay polímeros naturales como el caucho, la seda, las proteínas y ¡el ADN! Me acabo de enterar. Perdón químicos del mundo por mi ignorancia. 

Llegados a este punto me ha dado por pensar que los humanos somos un poco plasticosos. Unos más que otros, todos somos capaces de deformarnos, calentarnos, deshinibirnos y volver a nuestra rigidez habitual. Somos naturalmente artificiosos y artificialmente naturales. Supongo que, como todo, esto también está inscrito en nuestro ADN.